sábado, 16 de julio de 2011

Hombre Quieto

  Juan era abúlico, despreocupado y, sobre todo, tranquilo. Estaban a dos días del examen y su compañero de estudios, Luis María, tenía que golpear en la puerta de calle con los puños para despertarlo y que se decidiera a empezar a estudiar.
  Sin embargo, esa noche, a media noche, creyó oír que llamaban, y el lento Juan se tiró de la cama, muy decidido. Pero todavía estaba oscuro: no se veía ni las manos.
  Buscó en la mesa de luz, tratando de encender la lámpara, pero, para colmo, ¡había apagón!.
  Por supuesto, Juan no se puso nervioso.
  A tientas, fue hasta la cocina y se preparó un café.
-Total, es café negro,- pensó -¿para qué quiero verlo?...-
  Fue entonces que el estruendo de la puerta entró en sus oídos, giró en el laberinto y bamboleando el tímpano le hizo oír que Luis María había llegado.
  Sin apuro, tocando las paredes y los muebles, cuyo lugar conocía de memoria, Juan cruzó el patio, atravesó el zaguán y abrió.
-Venís temprano- dijo. -¿Sos Luis María?
-¿Cómo temprano?- se sorprendió el otro.
-¡Pero viejo, es noche cerrada!-
-¡Dale, Juan!- aconsejó Luis María, sin alterarse -Si no te tomás el trabajo de abrir los ojos vas a seguir a oscuras el día entero. ¡Son las nueve y media de la mañana y hay un sol que raja las piedras!-

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